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Cicatrices en el cuerpo y en el alma

 
 
 

«¿Quién no tiene cicatrices? Yo tengo unas cuantas y no solo en el cuerpo, cada uno con las suyas. Existen cicatrices imborrables, definitivas, marcas en la piel que nada hará que se marchen —a menos que pases por el cirujano plástico, of course—. Luego existen las cicatrices en el alma, esas todavía son mucho más difíciles de borrar»

 

Hace tiempo leí un escrito de Ana Elena Pena, una autora que me tiene enamorada. Os la recomiendo con la boca bien abierta. ¡A-N-A E-L-E-N-A P-E-N-A!


Me hizo pensar… Sí, me hizo pensar en algo que me ha marcado, nunca mejor dicho: MARCADO.


Su escrito me ayudó hasta a meditar sobre un tema que me dolía, me avergonzaba y me hacía sentir incómoda: LAS CICATRICES.


Elena Pena tiene el don de hacerte degustar sus letras, penetrar en lo más profundo de tus emociones y, a la vez, te pega un hostión en toda la cara que te deja noqueada. Es tan visceral que te rompe. Por eso me gusta tanto.


Copio el fragmento:


«La gente común rehúye la cicatriz, pues teme lo incompleto, lo mutilado, lo frágil. Rehúye el horror del derramamiento de la sangre, la posibilidad de la catástrofe, la cercanía de la locura y la conciencia de la propia finitud.


Le aterra asomarse al abismo y reconocerse en él (tan seguro está todo el mundo de su cordura).


La gente común es incapaz de apreciar que bajo cada estigma de la piel florece, invisible, la delicadeza, la valentía, la sensibilidad y la supervivencia».


Elena Pena

¿Quién no tiene cicatrices? Yo tengo unas cuantas y no solo en el cuerpo, cada uno con las suyas.


Existen cicatrices imborrables, definitivas, marcas en la piel que nada hará que se marchen —a menos que pases por el cirujano plástico, of course—.


Luego existen las cicatrices en el alma, esas todavía son mucho más difíciles de borrar, son el fruto de heridas en nuestra esencia y, como mucho, podemos conseguir sanarlas, jamás desaparecen, te hacen más débil o te fortalecen, eso depende de ti.


Sí, Ladies and Gentlemen, las cicatrices son para toda la vida. Hay que mimarlas, aceptarlas y vivir con ellas. Eso he aprendido con el tiempo y la experiencia.

«Existen también las cicatrices en la piel, las que te marcan el cuerpo, las que te cuesta querer, aceptar, enseñar, porque son feas, te avergüenzan, desvirtúan tu piel, desfiguran tu físico, le dan otra imagen a tu alma»

Las cicatrices del alma son dolorosas, algo o alguien te puede romper en pedazos el corazón, destrozarte las entrañas y dejarte con esas grietas de por vida. Solo tú serás capaz de hacer que cada vez escuezan menos, solo tú vas a ser quien posea esa cicatriz, aunque la culpa sea de otra persona o de una situación. Quien deberá vivir con esa marca vas a ser tú, por lo tanto no te queda más remedio que atacarla con la catana, darte otro tajo, si es necesario, hostiarte unas cuantas veces para hacerte reaccionar, romperte la nariz de un autopuñetazo, si es lo que te hace falta, pero no puedes quedarte sin hacer nada, dejando la herida sangrar y sangrar, siempre abierta, porque, entonces, jamás va a cicatrizar. La experiencia me ha enseñado que las heridas hay que trabajarlas.


¿Lo veis? Las cicatrices son buenas, aunque puedan ser terroríficas, insufribles, a veces, grotescas, en definitiva, feas, significan que has avanzado, que te has curado, son una marca de VIDA, de SUPERVIVENCIA, son lo que te recuerda que has sentido, son esa parte de ti, solo tuya, que te avisa y te recuerda qué es lo que no quieres, forman parte de tu esencia, son tu experiencia, lo que te hace actuar, son TÚ, y eso no lo vas a cambiar jamás, por lo tanto, mejor cuidar esa cicatriz para que no vuelva a abrirse y sufras de nuevo con una herida que ya conoces. ¿Algo te habrá hecho aprender, no?


Existen también las cicatrices en la piel, las que te marcan el cuerpo, las que te cuesta querer, aceptar, enseñar, porque son feas, te avergüenzan, desvirtúan tu piel, desfiguran tu físico, le dan otra imagen a tu alma. Sí, es cierto. Pero, de nuevo, también significan VIDA. Significan SUPERVIVENCIA, como dice Ana Elena Pena.


He vivido muchos años avergonzada, enfadada, hasta humillada por mis cicatrices. No solo por ser cicatrices sino porque el estupendo médico que me las hizo no pensó en ningún momento en mí, ni en el lugar donde iba a marcarme de por vida, tampoco pensó en que soy una persona, ni mucho menos en que soy una mujer, le salió la vena carnicera al hombre, con lo cual, mis cicatrices son más feas de lo normal, son marcas que he odiado y escondido durante años, rastros de dolor, grietas que vinieron causadas por algo cuyo significado comprendo ahora. Después de más de diez años, creo, solo creo, que voy a poder comenzar a aceptarlas. ¡Vaya, eso es todo un logro, señoras y señores!


Sí. Avergonzada, enfada y humillada por mis cicatrices he vivido todo este tiempo. Pero no hace mucho comprendí que, citando de nuevo Ana Elena y repitiéndome, CICATRIZ es igual a VIDA, a SUPERVIVENCIA.

«Sanemos también las heridas del alma y acojamos esas cicatrices en lugar de rechazarlas, sentiremos mucho menos escozor, solo nosotros mismos podemos hacerlo, y hagámoslo sin rencor ni rabia»

He aprendido y no solo leyendo a Ana Elena Pena, que debemos aceptar nuestras cicatrices y no avergonzarnos de ellas, las tengamos donde las tengamos. Algo muy difícil para mí, mucho, muchísimo. Mis dos marcas más horribles, las que me cuestan más de aceptar, están en un sitio demasiado importante para una servidora, es tan irónico.


Para terminar, solo me queda decir que, por muy feas que sean las cicatrices, cada una de ellas, todas sin excepción, significan algo en tu vida, quieren decir experiencia, son una muestra de que has pasado por la vida, indican que sientes, que existes y que vives. Así que, aunque no nos gusten, querámoslas, cuidémoslas, fueron heridas que han sanado.


Sanemos también las heridas del alma y acojamos esas cicatrices en lugar de rechazarlas, sentiremos mucho menos escozor, solo nosotros mismos podemos hacerlo, y hagámoslo sin rencor ni rabia, porque eso no sirve de nada, solo hace aumentar el dolor, esa llama que arde y te quema por dentro.


Mantengamos nuestras cicatrices curadas, en frío, acariciémoslas porque ya no duelen, hagámoslo cuando y porque son completamente nuestras.


Amemos nuestras cicatrices.

 
 

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