Por aquel entonces yo trabajaba de recepcionista en una empresa muy importante del sector de la publicidad, lo que con el tiempo me quemaría muchísimo. Aunque me encontré con gente realmente maja, a menudo, me veía en la obligación de tratar amablemente a personas que, por el simple hecho de llevar unos pantalones de confección francesa comprados en la tienda más in de la ciudad y de un valor, nada más y nada menos, que de cuarenta mil pesetas de la época, se creían con derecho a mirar por encima del hombro a la simple recepcionista, por supuesto.

Tengo un recuerdo especial de un personaje que me angustiaba la existencia… Madre mía… Aquel individuo era tan despreciable que causaba repulsión y hastío, tan superficial y prepotente como un concurso de elección de una Miss, tan asquerosamente clasista que echaba para atrás sólo escucharle. Su falsedad le empañaba el cristal de las gafas emanando tal evidencia de ello que provocaba vergüenza ajena.

Tenía el cargo de Director de Publicidad, aunque por lo general se dedicaba a amargarle la existencia al personal, dejando a los trabajadores en evidencia delante de los clientes, ordenándoles sin respeto alguno y alzando la voz como aquel que le habla a un insecto. Yo me decía a mí misma que nunca en todos los años que llevaba de vida había sentido nada igual hacia nadie. Me producía tal asco, aversión, náusea y rabia, todo a la vez, que no era capaz ni de expresarlo.

No había conocido a nadie que tuviera menos respeto por los que él clasificaba como inferiores, fuera por carácter o por puesto de trabajo. Necesitaba sentirse superior. Yo siempre decía que en su casa debía de ser un corderito sumiso. Siempre pensé que debía de tener algún trauma infantil, que su mujer lo dominaba o algo parecido, además de estar enganchado a la coca, sin duda, lo que le proporcionaba un estado de supremacía al que él se aferraba constantemente, era su veneno y lo que le daba toda aquella energía aviesa y retorcida.

Se creía el amo del mundo. Fardaba del móvil último modelo en tamaño y color, con infinidad de opciones, claro está, de su Rolex de oro comprado en Asia hacía pocos meses y, evidentemente, del coche descapotable que acababa de comprarse para lucir ese pelo rubio y lacio, unido a la frente y a la cara de un bufón. Amenazaba a quien le venía en gana, clasificaba a las personas según el dinero que poseían, el sueldo que ganaban, la ropa que llevaban, el puesto de trabajo con el que contaban, dónde veraneaban, o la marca de coche que tenían. Su costumbre era nombrar a las personas dedicadas a trabajos, tales como empleadas de la limpieza, secretarias, telefonistas o camareras, por el nombre que designaba su oficio… ¿Cómo iba él a malgastar ninguna gota de su saliva en pronunciar un nombre? No. Eso le enviaría directamente algunos escalones por debajo de donde él se encontraba.    Para él no era posible pronunciar el nombre Isabel al referirse a la señora de la limpieza, eso le hubiera igualado al mismo nivel que la tal Isabel, quien por el simple hecho de dedicarse a ese oficio ya era rebajada a la categoría de perdedora y no merecía ningún tipo de respeto, por tanto, no era digna de ser nombrada más que por el despectivo apodo de la chica o la señora de la limpieza. Y digo despectivo… porque el tono con el que él lo pronunciaba lo convertía en despreciativo.

Hacía la pelota a los clientes constante y transparentemente hasta llegar a ser pedante y vomitivo, creyendo que le proporcionaría más distinción, cuando en realidad los clientes lo notaban al instante y el rechazo que les causaba era latente en su mirada, pero el muy imbécil y prepotente ni se daba cuenta. Más de una vez me había encontrado en el ascensor escuchando conversaciones de clientes que le ponían verde y criticaban su arrogancia y pomposidad.

En resumen, que no podía soportarlo y debía hacerlo. Me costaba sudor y lágrimas, un tremendo esfuerzo, puesto que siempre he tenido el mismo problema, la falsedad me quema los poros, me irrita y me incomoda y las injusticias me superan. Pero era trabajo.

Un martes por la tarde, la camarera y yo bajamos al centro comercial a merendar. Eran las siete y veinte. Estuvimos en el parque un cuarto de hora merendando y charlando. Luego, la chica se dirigió a hacer las compras necesarias para el bar y yo volví a la oficina.

Enseguida me senté en mi mesa y continué con mi trabajo. Eran las siete y treinta y ocho, exactamente. Transcurridos dos segundos apareció el señor Reodrigo Núñez, andando a paso acelerado por el pasillo y excitado como un gorila. Cuando se ponía en aquel estado se hinchaba igual que un globo y parecía que fuera a reventar. Casi se veía el humo saliéndole de la nariz. Era un hombrecillo bajito. Sus ademanes siempre desprendían arrogancia. Tenía el pelo fino y rubio, su estilo era verdaderamente hortera y pretencioso. Combinaba modelos de marca de colores lampantes o bien oscuros, siempre a juego con alguna corbata elegida a gusto de su esposa, quien también vestía siempre de marca y a la última moda. Tenía los ojos azul cristalino y la piel blanca o rosa, dependiendo de su estado, cubierta de pecas. También lucía gafas de marca, todo el él era de marca, de lo más moderno que existe en el mercado, tanto de ver como de sol. Sí, no le faltaba nada.

Apareció enrojecido, inflado y encolerizado. Se dirigió a mí con aquel tono que tanto me sonaba y molestaba. Lo vi venir, lo presentí al segundo.

–¡Dónde está la chica del bar! –dijo gritando delante de todo el personal.

–Está comprando –respondí.

–¡Una hora! –gritó, señalando el reloj y alzando el índice izquierdo. –¡Una hora para comprar! ¡Ya está bien, me va a oír cuando vuelva!

–Perdona, pero yo no he tardado ni diez minutos en volver, y a ella todavía le quedan diez del descanso. No llevamos una hora fuera.

El hombrecillo rosa interrumpía cada palabra que yo decía replicando que habíamos estado una hora merendando, una exageración descomunal. Y yo no pude callarme

–No tienes razón. Han pasado quince minutos, como mucho. Sólo hemos ido a merendar. Tenemos derecho ¿no?

Pero yo sabía perfectamente que cuando hervía de aquella forma no atendía a razones, no escuchaba y no dejaba hablar. No servía de mucho intentarlo. Me sentía tan impotente, no podía con él. Me entraban unas ganas tremendas de arrancarle la cabellera, lo juro. A una persona así hay que pararle los pies, pensaba yo a mis vientidós añitos, alguien tendría que partirle la cara. Yo lo hubiera hecho y me hubiera quedado tan ancha, pero también sin trabajo. Esto es abuso de poder y, por supuesto, muy mala educación, no hacía más que decirme a mí misma.

–¡Pues no puede ir merendar! ¿Qué se ha creído esta? Si quiere ir a comprar, le doy un cuarto de hora para estar en la tienda.

–Todo el mundo tiene derecho a media hora de descanso y ella lleva sólo quince minutos.

–¡Pues las camareras no! ¡Ellas no pueden! ¡Y tú no te la lleves a merendar!

–Oye, oye, que yo no me llevo a nadie cogido del cuello. Además, si tienes algún problema lo solucionas con ella. Pero creo que te estás pasando, porque ni llevamos una hora, ni me digas que no tienen derecho descansar.

–¡Pues claro que no! Que no trabajáis tanto ¿eh? ¡Si hicierais jornada completa todavía!

Opté por callarme porque hubiera terminado insultándole y me hubieran despedido. ¡Hijo de puta!, pensé, atendemos a todos tus clientes, todas tus pijadas, peticiones, gilipolleces y encima no hacemos jornada completa. Trabajamos las ocho horas seguidas y me dices que tú, que haces horario partido, vas a comer y gozas de dos horas de descanso eres el que hace la jornada completa. ¡Todos hacemos jornada completa, cabronazo! Todo ello me lo dije a mí misma, evidentemente.

Cuánto lo odiaba. A veces fantaseaba con hacerle algo. Hacerle alguna putada muy grande, algo que no me implicara directamente, cosas como ponerle un laxante en el café, volverlo loco con llamadas que no existieran, hacer ver que había perdido documentación, mancharle algún traje de super marca hortera de los suyos, rayarle las gafas estupendas último modelo, borrarle algún archivo del ordenador. ¿Lo vuelvo a decir? ¡Lo odiaba con un hastío tan profundo!

Conclusión: Hay gente que necesita engrandecerse ante los demás para sentirse alguien. Eso se llama inseguridad. ¿Lo sabía usted, señor Rodrigo Núñez? Lo dudo.

Y como la vida pone a todo el mundo en su sitio, sin desearle mal a nadie, el día que me enteré de que el bufón de la corte era estéril y que por mucho que lo intentara no había forma de plantar una semilla dentro de la pedante de su esposa, siento decirlo tan llanamente pero… No sentí pena compasión alguna. Simplemente pensé: Señor Rodrigo Núñez, Director de Publicidad, el Universo le está dando a usted el fruto de lo que siembra cada día.

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