Versos, confesiones y relatos

Esta noche ha sido distinta. No he querido esperar. Una ira explosiva superior a la de todas las otras veces se ha apoderado de mí, dejando aparcados el parsimonioso sadismo, el gozo de la tortura y mi mejor amigo el Sr. Bisturí, para incrustarle, entre ceja y ceja, a esa malnacida una bala limada y bien afilada que llevaba su nombre, volándole los sesos al instante.

No ha tenido opción a pronunciar una palabra, ni siquiera a gritar, igual que hacen todas mis otras víctimas. Esta perra no ha gritado. Sólo ha visto mi cara, mi rostro y mis ojos felinos dispuestos a asesinarla. Y ha muerto en el acto.

Pero antes me ha escuchado. La he arrastrado desde el coche hasta mi estancia de tortura. He agarrado su melena larga y tan negra como su alma, y he tirado de ella como si fuera un saco lleno de mierda. Se le ha roto la falda, se le han rasgado las medias, rasguñado las rodillas y los pies; había perdido los zapatos de tacón con los que andaba contoneándose por la ciudad. Hasta las uñas se le han roto intentando deshacerse de mí. Pero no le ha servido de mucho. He tardado poco en clavarle un destornillador en el dorso de la mano derecha. Su garganta ha emitido el intento de un grito, un sollozo ahogado, la mordaza que le he colocado justo al secuestrarla asfixiaba sus gimoteos en su propia boca.

Cuando ya la he tenido atada por las muñecas a las cadenas que cuelgan del techo de mi estancia, le he cortado el pelo. Sí. La he dejado medio calva, humillada. Le he dado su propia medicina. La reina de la humillación, humillada. Le he robado su larga melena negra de zorra. Primero, he utilizado las tijeras y, con parsimonia, he ido cortando su cabellera putrefacta cual matojo nocivo e inútil. La guarra ha podido sentir la humillación cada vez que le cortaba un mechón. En más de una ocasión, las tijeras se han desplazado hacia donde no había pelo, sino carne, rajándole a la víbora las dos mejillas varias veces. Entonces sí ha gritado. Le he quitado la mordaza para que pudiera hacerlo y se escuchara a sí misma. «Ahógate en tus gritos y en tu propia sangre, serpiente venenosa», le he dicho.

Después, he cogido un espejo y le he enseñado su aspecto. Lloraba y lloraba, al tiempo que gritaba: «déjame, déjame».

Como a todas mis víctimas, le he dicho que iba a morir, que lo asumiera y se dejara de hostias y lloriqueos. Pero a ella le he dicho: «Tú morirás de un balazo, desgraciada». Le he soltado todo lo que tenía que escuchar, para que supiera exactamente por qué le estaba pasando aquello, por qué la Pantera Justiciera la había elegido. También le he dicho que esta vez no iba a mutilar a mi víctima, sino que le iba a reventar la cabeza, sin cortes de oreja, sin destornilladores en los ojos, sin rajas en el vientre. No, ella moriría de otra manera. Le he dicho bien alto y claro que quería ver sus sesos esparcidos por el suelo, en lugar de sus pedazos.

Y así ha sido. Sin darle tiempo a pestañear, he terminado mi sermón y he soltado un: «Revienta, víbora asquerosa».

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Y la víbora ha reventado de un balazo entre ceja y ceja. No suelo pegar tiros, soy una sádica del bisturí, pero debo reconocer que el olor y el calor que desprende un arma justo después de un disparo, no sólo me pone cachonda sino que también me provoca un profundo bienestar, y más si la bala ha ido a parar a algún cabronazo o a alguna malnacida. Todos se lo merecen. Reciben justicia.

Ahora voy a descargarme tras toda la sangre derramada. Hoy me he cargado a cuatro despojos de la sociedad. El pederasta seboso ha sido el primero. Ese portero de escalera que se ha aprovechado de la confianza para meter la polla donde no debía, el muy cabrón escupía sangre a la vez que lloraba como un bebé, mientras se le caía la polla a trozos, los pedazos de mierda colgando que le he dejado, después de que el Sr. Bisturí se recreara con su miembro repulsivo y con sus cojones. Lo he mutilado. Entero. También me he cepillado a la cerda de su mujer. La muy guarra siempre lo ha sabido todo y nunca ha hecho nada para evitarlo, se lo merecía tanto como él. A ella la he colgado por las muñecas en uno de los ganchos del techo, la he dejado sin ropa y con un bisturí en cada mano, me he dedicado a rajarla sin pensar ni dónde le daba, me he convertido en una pintora ante un lienzo gigante, tajando a esa mamona. He bailado ante ella, con los dos bisturís desempeñando el papel de pincel. Le he cortado las orejas y la he dejado colgando, desangrándose igual que una res, mientras veía con lo que le quedaba de los ojos, cómo torturaba a su marido.

Panterabisturí4-dibDespués me he deshecho del desgraciado que ayer se cargó a su mujer, tras años de palizas, violaciones y una vida de mierda. Murió apaleada, como un perro. A golpes. El muy cabrón se la cargó a palos. Lo primero que he hecho, una vez lo he tenido en mi estancia, maniatado y colgado, ha sido pegarle cuatro patadas en el estómago con toda mi rabia, ha sentido el dolor que causan mis botas. Luego, le he propinado otros tres golpes en la cabeza. Impactos secos. Fuertes. Sonoros. Ha quedado aturdido. Le he dejado hablar. Gritaba y, como todos, me ha llamado puta, zorra, malnacida y ha dejado de hacerlo cuando le he regalado otro patadón que le ha reventado la boca. Le han saltado unos cuantos dientes. Ese malnacido también ha muerto mutilado, lo he dejado sin dedos, sin orejas, le he rajado las pelotas, la polla, y clavado destornilladores, pero también quería destrozarlo. Lo he molido a golpes, le he dado tantas hostias como él a su mujer. Lo he deshecho por dentro. Y ha vomitado sus entrañas el muy asqueroso.

La última ha sido la víbora de la melena negra. Ella, humilladora, ha recibido su merecido: humillación. Ha muerto desnuda, le he quitado la ropa antes de hacerle estallar la cabeza.

El calor del arma me ha reconfortado. Ver su cuerpo inerte, ensangrentado, me ha complacido. La bala me ha saciado.

Necesito limpiarme. Sanar. Liberarme del todo. Debo ir en busca del Gato, de mi descarga…

Me adentro en el espacio donde la Pantera explota del todo. El Gato sabe que apareceré. Me espera. Enigmático, hambriento y acechador, como siempre. Yo, la Pantera, me entrego, me olvido del sadismo y la ira, por un momento dejo de controlar, no pienso en matar, ahora soy suya, me dejo dominar…

El Gato me encuentra y no se lo piensa, me agarra y se me come entera con la nariz, la lengua y las zarpas. Yo también lo toco, lo araño, palpo su cuerpo. Manoseo su cola erguida. Me gusta… Me sacia… Me alivia… Siempre me renueva…

La lengua y las manos del felino que me devora se pasean por mi silueta como un animal furtivo, su boca saborea mis labios hinchados y mojados, noto cómo él goza hurgando y lamiendo toda la carne que le entrego, engulle mi abultada esfera candente, se introduce en la gruta y la explora como si entrara en una cueva desconocida, con la lengua y las garras, degustando el manjar a su paso, sin dejarse ni un hueco, haciendo rugir a la Pantera para que explote y se libere…

El Gato embravece transformándose en un felino salvaje y me embiste fiero con su cola empinada. Codicia sentir y dar placer. Sabe muy bien lo que necesito. Me asalta sin pausa, agarra mis carnes, me muerde en el cuello, me regala el bienestar que me hace falta, me hace rugir, explotar, liberarme, renacer.

Sanar para que vuelva a matar.

Joanna Bliss

Alexandra, La Pantrera Justiciera

Tú morirás de un balazo, desgraciada

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2 respuestas a “Tú morirás de un balazo, desgraciada ©”

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