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That's my heart - La Pantera Justiciera

La bala le ha atravesado la sien y le ha reventado ese cerebro inmundo, podrido, corrupto y enfermo. Se lo merecía. Se merecía eso y mucho más.

El ojo derecho le chorreaba igual que una cascada sangrienta desde hacía un largo rato. La esfera que un momento antes le permitía ver, se ha vuelto ciega, medio hundida y agujereada, el Sr. Bisturí le ha regalado un buen pinchazo y un tajo fatal.

Desnudo, tan desprotegido y humillado como sus víctimas inocentes y pueriles, lo he atado a las cadenas que cuelgan del techo de mi estancia, era mi res. El animal que iba a ser despedazado como un trozo de carne. Carne asquerosa. Yo iba a hacer con él lo mismo que el cabronazo ha hecho con todos aquellos niños de los que ha abusado; tratarlos como carne. Carne sin valor. Solo carne de la que disfrutar. Ahora él era el trozo de carne repulsiva con la que yo me iba a recrear. Soy hija y nieta de carniceros de matadero de un pueblo pequeño, mis padres y mis abuelos eran matarifes, cuarteadores, no solo vendedores de filetes y chuletas. Sé muy bien cómo se trata la carne.

Hoy en día, mi fiel compañero, el Sr. Bisturí, me permite seccionar con más precisión, me ensaño con mis víctimas rajándolas con sosiego y lo combino con cortes secos y rápidos, no lo puedo evitar. También disfruto amputando con machetas, clavando destornilladores y utilizando mis alicates. Me inicié en el arte de tajar personas con cuchillos carniceros, algo que conocía muy bien, luego, me busqué otras armas y el Sr. Bisturí se convirtió en mi mejor amigo.

He rajado al puto ofensor de niños hasta hartarme. Le he hecho tantas incisiones que la sangre ni me permitía ver la piel que quedaba sin cortar. Con algunos tajos me he regodeado bien, he hundido el Sr. Bisturí en su carne repulsiva para que fueran profundos y dolorosos, me he tomado tiempo para que el malnacido agonizara.

No he podido contenerme. El desgraciado se ha tragado su propia medicina como todas mis víctimas. Lo he hecho durar. Mi sadismo ya no tiene límites. Ahora ya no. Ante esta clase de seres inhumanos pierdo mi músculo bombeador de sangre, se congela y se vuelve pura roca gélida. Así es mi corazón justiciero. Frío. Perverso. Sádico.

Todo ha sido lento. Le he dejado los genitales hendidos. Quería que sufriera un dolor terrible y desesperadamente perenne. Quería que sintiera que se moría en vida. Quería que experimentara angustia, martirio y desconsuelo, como los niños.

El Sr. Bisturí le ha rajado los cojones dibujándole casi tantas incisiones como venas había en sus pelotas de pederasta cobarde. Y mientras sangraba a borbotones por los huevos, le he bajado la piel del prepucio y le he clavado un destornillador en el orificio externo del glande. Me encanta hacerles eso a todos los putos pederastas, violadores y abusadores. Se retuercen de dolor y se atragantan en sus propias babas ensangrentadas. Les hago sufrir a través del arma con la que ellos agreden. ¡Que se jodan! No se merecen otra cosa.

La polla de este malnacido no la he troceado, la he rajado y rajado hasta que ya no cabían más tajos, todo era sangre podrida.

Le he permitido gritar durante las dos primeras horas, he dejado que expresara su dolor. Cada vez que me llamaba «puta» o «zorra», le propinaba un patadón en toda la boca en pleno grito, clavándole mis tacones y dejándolo sin dientes poco a poco. Pero cuando mis oídos se han hartado de escuchar su voz corrosiva, le he asestado un golpe seco con la punta del bisturí, justo en la nuez y entonces el desgraciado ha empezado a ahogarse, su garganta ha comenzado a emitir sonidos de sofoco. Se estaba asfixiando con su propia sangre, no le quedaba aire. Pero no quería que muriera así. Lo he soltado y arrodillado, esta vez de forma brusca y con rapidez.

—Mírame, escoria repugnante —le he ordenado, al tiempo que le agarraba la cara—. ¿Duele, verdad? Vas a morir como un perro. Entérate bien de quién va a ajusticiarte. Soy Alexandra, la Pantera Justiciera, y estás acabado.

Con el cabrón delante de mí ahogándose, desnudo, humillado, rajado hasta no caberle ni un corte más en su tóxico cuerpo, le he encañonado una de mis semiautomáticas en la sien.

—¡Revienta, mamonazo!

Y el proyectil se ha incrustado en el lado izquierdo de su cabeza, reventándole los sesos. He soplado la boca caliente de mi arma, un gesto íntimo con el que disfruto siempre que me cargo a alguien de un tiro. Luego, he saboreado el olor a disparo.

Una sensación de satisfacción bárbara me ha invadido apoderándose de toda la sangre que corre por mis venas, igual que todas las veces que hago justicia... Venganza... Lo sé...

Hoy me he cargado a tres despojos de la sociedad. Hoy he extirpado de este mundo a tres monstruos cuya existencia debía perecer.

La arpía maltratadora se ha comido su propia mierda. Una vez el Sr. Bisturí le ha dado su lección, la he obligado a pegarse un tiro. He tenido que ayudarla. No hacía más que gritar: «¡no, por favor, no me obligues a hacerlo!», pero no he tenido piedad, le he metido el cañón en la boca y le he dicho:

—Esto es lo que tú le obligaste a hacer a tu hombre, asquerosa. Él tuvo el valor de pegarse un tiro en la boca por tu culpa, ahora tú vas a hacer lo mismo. ¡Muere víbora de mierda!

La tenía bien sujeta, no podía ni moverse. Su mano empuñaba el arma y la mía la ayudaba. Con su dedo en el gatillo a la fuerza, solo he tenido que apretar un poco y la cabeza de la desgraciada ha estallado delante de mis narices.

Placer. He sentido un placer enorme. Conocía a su marido. Ella le ha provocado la muerte.

Al violador lo he troceado, como hago con casi todos los putos ofensores de mujeres.

Ha muerto desangrado, a trozos, ahogándose en sangre espesa y virulenta. Ejecutado por la Pantera, el único modo de recibir la justicia que se merecía.

Ahora soy yo la que debe reventar del todo. Debo ir en busca del Gato. Él me hará sanar para volver a matar.

 
 

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Solo me queda darte las gracias por leerme.


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