Pensamientos de Lady Elisabet, la Pija
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That’s my heart
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Portazo, ni una ni ninguna

—No quiero escucharte —indignada, desde el quicio de la puerta, no me podía creer que se hubiera presentado en mi casa—. ¿Pero tú de qué vas? Te dije que no quería volver a verte. Lárgate.

—Vamos, nena. ¿Por qué te enfadas tanto? No te entiendo —preguntó, todavía sorprendido, sin comprender nada.

—¿No me entiendes? Ah… Pobrecito —no pude contener el sarcasmo—. Pues no es tan difícil de entender.

—Te he pedido perdón. Y te he dicho cómo me siento —pronunció su garganta con voz de cordero degollado, aunque a aquellas alturas yo sabía bien que era un lobo hambriento y un manipulador.

—Todo eso deberías haberlo pensado antes de hacer lo que hiciste —sus palabras ya no eran eficaces en mis oídos, ya no, su última ofensa había provocado mi despertar, sin vuelta atrás.

—Lo siento. ¡No es para tanto, vamos! ¡Perdóname! —exclamó, convencido de que lo que había hecho no tenía por qué tener consecuencias.

—¡No! ¡Lárgate! —hice un amago de cerrarle la puerta en las narices. No me dejó.

—Te quiero —proclamó orgulloso.

—¡No te creo! —y era cierto, ya no me creía nada. Nada de nada.

—Te quiero, te quiero. No puedo vivir sin ti, no seas así, nena —repetía desesperado. No le pegaba nada el rollo llorica enamorado. ¿Y yo…? Ya no confiaba en nada de lo que pudiera decirme.

—¡Cállate, manipulador! ¡Nunca me has querido! —exclamé con todas mis fuerzas y mi rabia más sangrienta—. ¡Solo he sido tu objeto! ¡Tu posesión!

—Pero ¿qué dices? —dijo sorprendido, medio sollozando, al tiempo que trataba de agarrarme el brazo—. Yo te quiero.

—¡Déjame! —aparté su mano de mí en cuanto me rozó. No quería que me tocara—. ¡Yo sí te he querido! ¡Yo sí he sufrido! Me he arrastrado y he muerto.

—No sabía lo que hacía. No es para tanto. ¡No sabía lo que hacía! —repetía.

—¡Jódete! ¡Jódete! ¡Ahora te jodes! —vociferé, sin importarme quién pudiera escucharme.

—Tienes que perdonarme. No quiero perderte —suplicó. Su tono de voz descendió algunos grados, parecía arrepentido, pero aquello era pura interpretación.

—Ya me has perdido. Me perdiste con la primera hostia —le solté a bocajarro, mirándole fijamente a los ojos—. La primera y la última.

—No es para tanto. No volveré a hacerlo. Perdóname —insistió otra vez y agachó la cabeza.

—¡No! —negué tajante—. Estas cosas no se perdonan. Es lo que me enseñaron en mi casa, si lo haces, acabas en la tumba. ¡Lárgate! —grité, mientras volvía a apartarlo de mí.

—No, nena. Te quiero —de nuevo, intentó acercarse a mí, seguía creyendo que sus «te quiero» me ablandarían.

—Yo ya no te quiero —dije por fin en voz alta, quitándomelo de encima—. Entérate bien. ¡No te quiero! Y no creas que no me ha costado conseguirlo, incluso con todo lo que me has hecho. Ahora, me quiero a mí.

—Fue un arrebato. No quería hacerte daño —se lamentó, ya demasiado tarde.

—¿Daño? No me has hecho daño —exclamé más que indignada. El muy imbécil seguía sin enterarse de nada—. Me has destrozado. Y yo fui una idiota por permitirlo. Por olvidarme de mí misma, de mi personalidad. Todo, por quererte. Por quererte a ti más que a mí. No has sido solo tú, ha sido el enamoramiento. El amor te puede dejar muy ciega. Me dejé manipular. Me anulé a mí misma —confesé todos mis razonamientos tardíos, ahora ya enraizados en mi mente.

—Podemos solucionarlo. Cambiaré —volvió a aproximarse a mí y lo alejé con brusquedad, una vez más.

—Ya es tarde —sentencié convincente—. No te quiero a mi lado. Ahora estoy mejor que nunca. ¿Es que no me ves? —y señalé mi persona con las manos.

—Sí, te veo. Estás increíble —aquellas esferas que me habían vuelto tan loca, viajaron perversas por todo mi cuerpo, pero no me afectó, no sentí nada, al fin—. Estás más guapa que nunca. Te brillan los ojos.

—¿Quieres saber por qué?

—Claro.

—Porque ya no eres mi dueño —afirmé con firmeza y un tono concluyente—. Porque ya no vivo solo para ti. Porque he regresado a mí misma. Porque soy yo. ¡Yo! ¡Por fin! ¡Otra vez yo!

—Siempre has sido tú —aguanté las ganas de darle un guantazo yo a él.

—No es cierto —aseguré sin vacilación—. Estando contigo solo he muerto en mí, me abandoné para vivir en ti —hice una pausa. Lo fulminé con la mirada, segura, tranquila—. Por fin he resucitado. Ha hecho falta que me pegues para que reaccione. Pero ya no estoy atrapada, ni atada, ni amordazada. Eso se acabó.

—Te quiero —reiteró una vez más, apoyándose en algo que ya no me conmovía, porque había dejado de amarle de una vez por todas.

—No vuelvas a decirme que me quieres, me estás insultando —le solté muy molesta—. No se pega a quien se quiere.

—Fue sin querer —se disculpó otra vez—. Es la verdad. Te quiero. Te quiero —añadió con ojos tristes. «Que le den», pensé, que sufra todo lo que yo he sufrido.

—¡Se acabó! —chillé, harta—. ¿Me has oído? ¡Se acabó para siempre! Me has tratado como una mierda durante todo este tiempo. No vas a volver a engañarme. Ni mucho menos vas a tocarme nunca más en tu vida. No soy tuya. A una mujer hay que tratarla con respeto, de igual a igual —comencé a vomitar, mi contención se había terminado para siempre—. A una mujer se la debe amar, amarla de verdad, no utilizarla para engordar el ego de uno mismo. A una mujer se la tiene al lado porque se quiere estar con ella, disfrutar de su cuerpo y de su mente, de todo lo que es, no usarla para tapar inseguridades y frustraciones. A una mujer jamás se le pone la mano encima como hiciste tú. ¡Jamás!

—Solo fue una vez. Perdí los papeles —su tono de súplica no me conmovió.

—¡Ni una vez, ni ninguna! Una vez se convierte en dos, en ocho y acaba en una paliza. ¡Lárgate! ¡No quiero volver a verte nunca más en mi vida! —exclamé finalmente, echándolo del umbral de mi casa—. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde —y el portazo fue resonante y lapidario—. Da igual cuánta personalidad tengas, no importa lo fuerte o débil que seas, a veces, simplemente, no sabes que te has perdido hasta que te encuentras —pronunció mi boca, en voz bien alta.

 
 

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