Versos, confesiones y relatos

Hay sitios a los que nunca deberíamos llegar.

Y hay lugares en los que jamás deberíamos faltar.

Pero donde estamos, esa elección se escapa tantas veces de nuestras manos.

Solemos terminar donde no queremos demasiado a menudo.

Empujados por voluntades ajenas.

Atados a cadenas que nos oprimen.

Aceptamos lo que nos imponen.

El engaño y la manipulación son nuestra comida diaria.

Muchos caminan despiertos y conscientes del agravio.

En desacuerdo con un sistema mundial ofensivo e insolidario.

Injusto.

Insultante.

Ensangrentado.

Pero nadie es nadie.

Sólo somos hormigas.

Pequeños seres a disposición.

El poder infame domina el planeta.

Él es quien se está cargando nuestra Tierra.

Nuestros sueños.

Nuestra libertad.

Nuestro presente y nuestro futuro.

Sobrevivimos sin que se nos permita vivir.

Callamos.

Y si no lo hacemos, pringamos.

Si decides no pertenecer al sistema,

te es imposible hasta respirar.

No tienes techo.

Ni alimentos.

Te quedas sin luz.

Sin agua.

Ni calor.

Sin vida.

Y ni aún así te escapas del todo, porque te persiguen.

Te estigmatizan.

Tu única opción es largarte a un lugar remoto.

Pero allí es difícil que los tuyos te acompañen.

Es complicado decidirse a romper con todo,

en especial, con quien quieres a tu lado.

Nos convencen de lo suertudos que somos

por comer y tener un sueldo de mierda.

Nos hacen creer que ser sus esclavos es vivir.

Y el tiempo pasa…

Morimos sin ser.

Vivimos sin existir.

Para que ellos lo posean todo.

Sin importarles lo que están creando para nuestros descendientes.

Organizando un mundo exclusivo para sus herederos.

Dentro de un planeta roto.

Desgastado.

Exprimido como sus habitantes prisioneros.

Exhausto de tanto dar y de recibir lesiones.

Heridas que lo hacen llorar.

Sangra con terremotos, tsunamis o huracanes.

El asco y la vomitera generados en nuestras vísceras

nos llevan a la impotencia.

Al desaliento.

Absoluta desesperanza y rabia es lo que brota en nuestro vello.

Y luego, nos hablan de depresión.

Nos atiborran de veneno y lo asimilamos como la solución.

Odio hacia una parte de la raza humana es lo que siento.

Repugnancia hacia los que nos dominan.

Desprecio por los durmientes, los maquinizados inconscientes.

Aversión es lo que me provocan los servidores del poder.

Solidaridad y comprensión me inspiran los sometidos,

esclavizados, humillados, hasta asesinados.

Somos la gran mayoría, no nos engañemos.

Somos superhéroes luchando por una vida digna.

Nuestra vida.

Única.

Irrepetible.

Nos pertenece a cada uno de nosotros y se la entregamos al poder.

Sin rechistar.

Y si lo hacemos, nos comemos el castigo.

Desde tiempos inmemoriales el poder es egoísta.

Abusivo.

Corrupto.

Manipulador.

Injusto.

Ilegal.

Inhumano.

Piramidal.

El poder siempre ha destrozado en lugar de crear.

Es devastador.

Ha terminado con millones de vidas humanas,

animales, vegetales, qué más le da.

Está fusilando la evolución,

a la madre que nos alimenta y nos da cobijo.

Sacrifica al débil y premia al fuerte,

al poderoso salvaje y desalmado.

Leyes injustas e interesadas.

Dinero como único valor.

Mentira.

Traición.

Competitividad.

Adoctrinamiento.

Sometimiento.

Borreguismo.

Envidia.

Barbarie.

Y mala educación.

Todo ello como rutina digerida.

El poder es lo que rige este puto mundo esclavizado.

Un planeta hermoso con mucho que ofrecer,

convertido en monstruoso, destrozado y aniquilado.

El ser humano puede ser tan asqueroso como maravilloso.

El poder, en cambio, siempre es odioso.

Y las personas deshumanizadas que manejan los hilos

poseen el dominio de ese universo del que todos formamos parte.

Un espacio que nos roban y transforman en algo propio,

sin tener ningún derecho.

Sólo por ser dueños del maldito y jodido poder.

¿Quién puede querer pertenecer a esto?

 

Muchas veces siento que me caigo. Desde que era una cría he tenido la sensación de que algo no rodaba bien en esta Tierra giratoria. Me he pegado un montón de tortas, muchas yo sola por equivocarme, otras por culpa de seres que me han hecho daño y otras tantas porque la vida va de hostias y ya está.

El mundo da asco y, para mí, una de las razones es la humanidad. Como dice mi amiga Cris, hemos evolucionado mal. Pues sí, demasiado mal.

A mí siempre me queda un consuelo: las personas que valen. Almas, siempre son almas. Nada de cuerpos, ni voces, ni pelos, ni ropa, sino mentes, corazones, historias, momentos, miradas, gestos. Almas despiertas y activas. Demasiadas hay vacías, dormidas, rabiosas, rencorosas, insensibles, tóxicas y malas, ¡¿qué coño?! Malas, malísimas. Perversas.

Sigo creyendo en esos hilos invisibles que nos unen con ciertas personas en momentos concretos y no otros. También sigo creyendo en que nos topamos con seres determinados por algo. Creo en vosotros, en mis personas de toda la vida, sé que algunos nunca se separarán de mi camino. Yo tampoco me iré del suyo. Y creo, también, en las almas que han ido viniendo después, se han parado a saber quién soy y han decidido acompañarme. Sigo queriendo teneros conmigo, a los que me acompañáis física y virtualmente, a los que me conocéis y a los que queréis conocerme. Cada persona cuenta. Para mí, las almas de mi recorrido no aparecen porque sí. Estáis en mi círculo por algo. Lo sé y lo sé.

Gracias.

Este texto lo escribí hace unos días, y como las cosas no pasan porque sí, justo en el momento que lo terminaba, me llegó un e-mail informándome sobre este temazo de Fuel Fandango, el primero de su disco nuevo. No pudo aterrizar en mi mundo en mejor momento. Era la canción para el texto. Así que aquí la tenéis para disfrutarla tanto como yo. Para mí, Fuel Fandango es puro arte inyectado en vena.

Seamos Salvajes y todo lo libres que podamos. O, por lo menos, intentémoslo.

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Sólo me queda darte las gracias por leerme.

Un saludo.

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