Versos, confesiones y relatos

Te suelen decir que no te compliques la vida, que actúes, sin dar tantas vueltas a según qué cosas. Te vienen con todo tipo de consejos, los cuales, muchas veces, ni has pedido.

Escuchas eso de: «si echas de menos a alguien, llámalo».

Bien. ¿Y si ese alguien no te llama nunca a ti y tú estás cansada de ser siempre la que dé el paso, la que ande detrás? ¿Y si tienes a todos tan mal acostumbrados que ni se lo plantean? Sólo esperan que los llames, porque es lo que haces siempre. Las personas pueden tener un límite, ¿no? Y que no me venga nadie con lo de que el orgullo no lleva a ninguna parte, porque muchas veces, no es cuestión de orgullo sino de hartazgo y decepción. Así que este consejo, aunque positivo, no es tan fácil de seguir si tú te sientes poco valorado.

También te sueltan algo como: «si te apetece ver a alguien, organiza una quedada».

Pero… ¿Y si estás harta ser tú quien una y otra vez organiza todas las reuniones? ¿Y si resulta que te apetece que la organice otro? ¿Y si tienes ganas de que te mimen a ti por cambiar las tortas? ¿Y si, simplemente, tienes tanto trabajo que no puedes organizar nada pero te apetece mucho quedar? Te apetece mucho quedar, pero ves que nadie se mueve. Llega un punto en que ya ni siquiera te enfadas. Otro consejo que, según en el momento de la vida en el que te encuentres, no seguirás así como así. Mejor dicho, ya no seguirás con cualquiera. Sabes que quien quiere verte lo hace. Igual que haces tú.

Otro muy bueno es: «si tienes una duda, pregunta».

Vale. ¿Y si esa duda puede herir a otra persona? ¿Y si sientes vergüenza a desnudarte demasiado? ¿Y si temes la respuesta a la duda que te martillea el cerebro? No es un mal consejo, pero, de nuevo, no es fácil de seguir.

En cambio, sí suelo ser de las que aplica lo de: «si no te gusta algo, dilo».

Claro. Hostias por todas partes me caen a todas horas, todo sea dicho. Muchos querrían decir lo que no les gusta, pero vivimos aprisionados por lo que pensaran los demás. Por los prejuicios de esta falsa sociedad. ¿Y si el miedo a las reacciones nos impide constantemente decir lo que no nos gusta? A mí no me suele pasar, porque si no digo, no sólo lo que no me gusta sino lo que pienso, reviento, pero sé que a muchos sí les ocurre. Se contienen y la cárcel interna en la que viven les provoca malestar. Hasta dolores de cabeza, de pecho y mala leche.

La que más me gusta es: «¿quieres algo? Pídelo».

No, ¿perdona…? A mí no me enseñaron eso. Yo aprendí que si quiero algo, debo luchar por ello, no pedirlo. ¿Pedir? Lo que se debe pedir es ayuda, cuando se necesita. Aunque el orgullo no suele permitírnoslo. Así somos los seres humanos. Yo perdí el miedo a pedir ayuda hace muchísimo tiempo. Lo mandé a paseo porque mi orgullo me lo permitió. Y me ha ido mucho mejor en este planeta, nuestra querida Tierra, llena de serpientes venenosas pero donde, en algunos rincones, también habitan algunos ángeles guardianes.

La última de todas es: «amas a alguien, díselo».

Sí, por supuesto, díselo. Decirlo es una muy buena forma de amar. Pero mejor demostrarlo. Las palabras son gustosas al oído, reconfortan el corazón y, a la vez, son necesarias. Aun así, los actos deben acompañarlas. Las palabras sin hechos sólo son viento transitorio.

No quiero consejos sobre la vida de quien ni siquiera los aplica a la suya. Quiero analizar mis situaciones y actuar según mis principios, mis valores y cuánto me valore a mí misma. Pediré consejo, si lo necesito. Escucharé a quien es más sabio y a quien no lo es tanto también, de todo se saca algo. Cada momento tiene sus circunstancias. Cada decisión sus reflexiones. Cada acto, una consecuencia. Que cada uno encuentre su camino. Yo cada día busco el mío.

Joanna Bliss

 

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