Confesiones
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Encajamos
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Invasión consentida

 
 

—Dicen que soy frívolo, que me empino enseguida y que solo pienso en colarme dentro de vaginas, y no es cierto —se queja él levemente indignado.

—Sé que no es cierto —responde ella comprensiva—. No hagas caso, nene. De mí dicen que solo espero que me arrullen, me llenen toda y que me empapo con palabras de amor… ¡Venga ya!

—Tú tampoco hagas caso —él también la comprende—. Yo sé bien que eso no es así —se queda callado y pensativo—. A mí no solo me gusta entrar y salir, me encanta palpar, conocer, saborear.

—Lo sé. Y lo haces muy bien —le regala una sonrisa—. Y a mí eso me gusta, pero a la vez adoro experimentar, cabalgar, notar la fricción y las embestidas fuertes.

—Hay momentos para todo, nena.

—¡Y que lo digas! —los dos se echan una mirada libidinosa—. Entonces, si tú no piensas solo en sexo y yo no pienso sólo en amor, ¿nos entendemos? —y lo mira fijamente con expresión dudosa.

—Más que eso, nena —no tarda ni un segundo en responder—. Cada uno vive y experimenta como quiere, ¿no? Y el mundo está lleno de penes y vaginas de todo tipo.

—Cierto —afirma ella convencida­—. Y a ti y a mí, en provocar placer no nos gana nadie, ¿verdad?

—¡Tú lo has dicho! –exclama asertivo—. ¿Nos degustamos un poquito?

—Sí, por favor, me apeteces un montón —responde ella con tono picarón—. Pero sin palabras de amor. Hoy no. Como has dicho antes, hay momentos para todo. Hoy quiero salvajismo.

—Hoy nada de palabras —afirma él, mientras ella ya se le está acercando—, te lo hago todo directamente.

—Exacto… Rózame, anda…

—Si te me acercas tanto y, encima, con esos movimientos, voy a entrar directo, lo sabes, ¿no?

—Lo sé, lo sé. ¿Acaso no notas mi humedad? Hoy no necesito mucho, estoy lista para ti —su piel se roza, los dos se estremecen y empiezan a arder.

—Me muero por saborearte toda —pronuncia él sin vergüenza.

—Hazlo —le exige ella. Él no lo piensa más y le hace caso.

—Qué caliente eres, a pesar de estar bañada en fluidos —confiesa suave y entrecortado—. Me siento muy acogido.

—Es que te he acogido con mucho gustito —afirma ella, retozona.

—Gracias, es un placer invadir tu hogar, me encanta.

—Y a mí —se hace el silencio, los gemidos y los golpes corporales se adueñan del ambiente—. Qué duro y empinado te has vuelto, así de sopetón. Estoy repleta de ti. ¡Me muero de gozo!

—Esa es la idea, ¿no? —señala él, entre embestida y embestida—. Yo siento que ocupo todo tu espacio, ¡qué gustazo!

—¡Me estás matando de placer, nene!

—Pues el que me dan tus paredes yo no lo puedo ni expresar.

—Ya lo hace tu dueño con sus gemidos, tranquilo. Tú no pares. No pares —suplica ella, ya inundada.

—No paro. No paro. Te invado.

—Eso quiero.

—Invasión consentida.

—Consentida y deseada. Quiero tu invasión. Invádeme hasta dejarme sin aire.

—Te invado, te invado y te dejaré sin aire.


 
 

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