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«Hay que follarse a las mentes

Frase de «Martín Hache». Grandiosa película. Una de mis pelis de juventud. Forma parte de la lista de mis preferidas portadoras de aprendizaje.

¡Menuda era yo a los veinte añitos! Aprendiendo me encontraba, ¡oh, sí, y tanto! Aprendiendo, estudiando, experimentando y follando, claro. Y por supuesto, follando mentes, no solo cuerpos. Más de un cuerpo estupendo resultó ser una mente de mierda… Y no digo más, podría causar daños innecesarios.

Mi hombre siempre me dice que tengo el gusto en el culo. ¡Que tengo un gusto raro! Para muestra, él. Juas, juas, juas, con lo atractivo que es…

Pues tengo el gusto que tengo, no lo puedo evitar. No me van los guapos, lo que no significa que no aprecie la guapura, una cara bella te deslumbra y es agradable de observar y, si no, que se lo pregunten a Angelina Jolie. Sí me gusta una persona bonita, lo que no quiere decir que sea mi tipo. Me atrae más otra cosa, ¿qué queréis que os diga? Me va más una mirada profunda y enigmática, unos ojos clavándose en ti con perversión u observándote con detenimiento. Prefiero alguien interesante que guapo. Y eso ya me pasaba de adolescente. Me conquista más una cabeza pensante, una mente con neuronas, alguien que le de al tarro, que me aporte una conversación constructiva. Lo que estoy diciendo no implica que una persona guapa no pueda tener una mente atractiva, ¿eh? No nos confundamos.
Lo que intento decir es que sí, que el cuerpo y la cara molan, pero la mente mola muchísimo más. Una mente interesante convierte el cuerpo de su dueño/a en atractivo/a. Te seduce directamente, da igual el envoltorio, qué más da la guapura.
Mi cuerpo y yo compartimos una larga e intensa historia. Y, por supuesto, mi mente y mi alma, tienen una relación todavía más íntima y singular. El cuerpo sólo es un vestido que dura un tiempo y que nos ha tocado, no lo hemos elegido nosotros. Sí, debemos cuidarlo para conservarlo en el mejor estado, para que se mantenga en buenas condiciones. Pero la mente… ¡Oh, la mente! Aunque también nos ha tocado, el uso que le demos a nuestra cabeza pensante depende de nosotros. Podemos nutrirla, alimentarla, regalarle palabras, libros, películas, series, textos, dibujos, baile, teatro, música, animales, enseñarle a saber elegir una buena comida, darle hobbies de todo tipo, podemos ofrecerle educación, valores, principios y, sobre todo, podemos obsequiarla con personas que valgan la pena y experiencias, podemos convertirla en lo que nosotros queramos, solo depende de lo que deseemos explotarla.

Nunca me han ido los cuerpos sin mente. Desde bien pequeña aprendí que el puto vestido con el que llegas a la Tierra puede traerte más infelicidad que felicidad.
Siempre fui de las grandes de la clase. Era alta para mi edad. A los diez años más o menos el cuerpo se me redondeó a lo muñeca chochona y entonces me tuve que joder. Hasta casi los treinta era, sin estar gorda, más bien entrada en carnes, me costó aceptarme a mí misma, sobre todo, por no poder ponerme la ropa que me gustaba, por no sentirme yo, marcar mi estilo propio. ¡Menuda putada! Aprendí a ser yo y a quien no le guste, dos piedras. Aunque lo mío me costó, y más en esta sociedad. Conseguí vestir a mi manera, con mis chichas incluidas, que bien bonitas son unas buenas carnes. Cuando asumí que nunca podría ponerme según qué prendas porque yo no me sentía cómoda, no por lo que pensaran los demás (lo mío me constó), entonces, la ironía de la vida hizo que me convirtiera en una mujer delgada a los casi treinta años. ¡Manda huevos! Pero… ¿Y todo lo que había aprendido?

Siempre he admirado un cuerpo de mujer bien perfilado. Para mí una silueta de mujer bien hecha es una obra de arte de la naturaleza. Los hombres estáis muy buenorros, sí, pero no sois tan bellos, las cosas como son. Aunque me gustéis más, las cosas como son, también. Cada persona tiene su gusto, de adolescente yo me pirraba por Cindy Crawford, menudo cuerpazo esbelto, todo en su justa medida. Pero aunque haya gente que parece perfecta, la perfección no existe, el cuerpo te cambia, porque solo es un vestido.

A muy temprana edad aprendí la lección de que el físico solo es ropaje, sí, mola, puedes quedarte patidifuso ante alguien de una belleza extrema, pero no lo es todo. Ni de coña, vamos. También aprendí que el cuerpo que tenemos hay que quererlo, sea el que sea. Que lo que nos venden es pura mentira. Eso lo aprendí más mayor, no voy a engañaros. La mujer me ha parecido siempre arte, belleza, si lo es por dentro, puesto que ella misma desprende sola esa hermosura única de mujer. Da igual si está gorda, flaca, si tiene pecho o está plana, no importa cómo sean sus piernas o sus caderas, si sabe que son suyas y le gustan sean como sean. Por desgracia o no tan desgracia eso te llega más tarde, en la madurez, con la seguridad de la experiencia y de la edad. Antes debes pasar por la niñez, la adolescencia y la juventud aprendiendo lecciones con todas tus inseguridades, sea cual sea tu físico.

Yo solía ganarme o espantar a los tíos por mi forma de ser descarada, directa y sincera. Por bruta, por hablar de sexo sin tapujos, por intensa y por divertida, no por estar buena, la verdad. Aunque mi cara sí atraía, no lo voy a negar. Por aquel entonces era una chica rubia de ojos azules con la cara fina y el cuerpo de jamona. Siempre con mis peripecias varias en el pelo y mi ropa personalizada. A algunos los echaba para atrás, sí, pues ellos se lo perdieron, pienso ahora. No era lo que solía gustarles a los jóvenes veinteañeros, pero… El que quería conocerme, como mínimo se convertía en mi amigo, en mi «follamigo» o, quién sabe…

¡Tenia mi Mente, Ladies and Gentlemen! Y eso, guste o no, es el mejor gancho del mundo.

Ahora, mi cuerpo es otro, me ha cambiado varias veces. Incluso habiendo parido a dos enanos, me quedé más flaca que el palillo de una brocheta, pero siguía teniendo mis curvas, a pesar de haberme quedado plana y de no gustarme nada mi culo, me sentía bien. Al cumplir los cuarenta, de repente, me volvió a cambiar, empecé a engordar y cogí los kilos que me faltaban y algunos más. Después de haber estado tan delgada durante tanto tiempo, me siento rara, pero mi cuerpo es el que es. Lo acepto. Es un vestido. Intento cuidarme en la medida de lo posible y asumo eso que no nos permiten; que debemos habitar en nuestro cuerpo, sea el que sea, queriéndolo, mimándolo y dándole a la mente.

Me gusta la ropa sexy, me gusta el cuero, me gusta el vinilo, me chiflan los corsés y los leggins de todo tipo. Me gustan las mujeres que van vestidas para matar y eso no significa que vayan vestidas para follar, ni que siempre vistan a lo feme fatal. Si a ellas les gusta ese estilo, ¿qué pasa? Yo, por ejemplo, con mis corsés estupendos, mis pantalones de vinilo y mi ropa sexy, me siento muy yo, pero no os creáis que voy a buscar a mis hijos al cole o a comprar con ese atuendo, ni que me visto así para cualquier ocasión. Soy una humilde traductora-contadora de historias que se pasa el día delante de un ordenador en mallas, pantalón corto o falda y camiseta de estar por casa, marcando estilo, también. Porque esa soy yo, en mallas, camiseta cutre y chanclas o con mi corsé, mis pantalones de vinilo y mis zapatos de tacón.
Sea como sea… Soy una Mente, no un cuerpo, ni un coño.

¡Follémonos a las mentes y dejémonos de hostias!

 

Martín Hache. Director: Adolfo Aristarain. 1997.

Escena Dante (Eusebio Poncela) y Hache (Juan Diego Botto).

Martín Hache – Citas y diálogos

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