¿Hacemos algo de magia con las palabras?

Hoy… Palabra: Cabello (Pelo)

¿Qué es el pelo? El cabello, más concretamente.
Vámonos a la RAE, como siempre. Sus dos principales acepciones son:

cabello.
(Del lat. capillus).
1. m. Cada uno de los pelos que nacen en la cabeza.
2. m. Conjunto de todos ellos.

Oh, my God! Sí, sí, cada uno de los pelos que nos nacen en la cabeza o el conjunto de todos ellos. Pero… El pelo-cabello es, en realidad, lo que nos da una imagen.

Tipos y estilos hay tantos como personas en el mundo. Dependiendo de con qué barita mágica te haya tocado la genética, tendrás un tipo de cabello u otro. Te gustará más o te gustará menos, será rebelde o fácil de moldear, grueso, fino, lacio, rizado, débil, fuerte, rubio, castaño, negro, pelirrojo o albino… Sea como sea, te lo vas a tener que comer, te guste o no. Adáptate.

Opciones hay miles. No pretendas tener volumen si tus raíces no lo consiguen ni con todos los potingues estupendos habidos por haber, no, hazte un corte que te favorezca y métete en el tarro que donde no hay, no hay. Hazte la permanente, escálatelo un poco y, si no, oye, pegadito a la cara y sin volumen, tampoco está tan mal. Sólo por poner un ejemplo.

Si te quedas calvo, algo que normalmente les suele pasar más a los hombres, eso ya es otro cantar. Afeitado, mola más, por lo menos para mi gusto. ¡Luce esa calva, hombre! Para qué hacer ver que tienes lo que no tienes. El pelo chocho ahí en la cabeza queda un poco raro, parece una pelusilla extraña aposentada en un una bola de billar. Rapadito es mucho más auténtico. Es sólo una humilde opinión de una mujer cualquiera. Cada uno con su gusto.

Si te has quedado calva por otras cuestiones, no hace falta decir cuáles, haz lo que te haga sentir mejor; pañuelo, gorra, peluca o luce la calva, si es lo que te apetece, haz lo que te salga del chichi, mujer, tú ya me entiendes…

La imagen…

Cada persona ofrece al mundo la imagen que le da la gana o la que le apetece en cada momento. Esa imagen también suele ir acorde con cómo nos sintamos por dentro. A veces, queremos expresarnos mediante nuestra imagen, demostrar que somos de cierta forma, ocurre mucho en la adolescencia, cuando nos estamos formando como personas y sentimos esa necesidad de identificarnos con algo. En otros casos es tan sencillo como que nos gusta un estilo determinado o nos sentimos más cómodos con peinados concretos. Eso es lo que me pasa a mí.

En cuestiones de cabello creo que todos somos muy nuestros, el pelo nos puede cambiar la cara de una forma brutal y dar una imagen u otra de nosotros. En muchas personas intervendrán el atrevimiento, el estilo, el aburrimiento, el estado emocional, sí, para algunos cambiar de imagen implica un estado de ánimo, nos dicen cómo se sienten por dentro. A veces necesitamos cambios radicales que nos los ofrece un buen corte de pelo.

Otro factor de gran importancia es el apego. Sí, sí, no es coña, ¡el apego al cabello existe, Ladies and Gentlemen! Hay personas que se aferran a sus melenas que da miedo y no las sueltan ni por todo el oro del mundo, aún gracias si se cortan las puntas de vez en cuando. Pero las comprendo, están en su derecho, si aman su cabellera, se sienten a gusto con su melenón y quieren conservarlo, que lo hagan. Si esa es la imagen que les gusta y se sienten cómodas con ella, adelante. De eso se trata. De lucir los pelos que tú quieras.

Vamos al estilo. Otra gran variedad. Suerte que hay tropecientas mil opciones, tantas como personas en el mundo. Y todos merecemos encontrar nuestro estilo. Repitiendo lo anterior, lo que importa es sentirse cómodo y uno/a mismo/a. Lo mismo digo con la ropa. De ese tema hablamos otro día.

Siempre he sido muy extremada en mi estilo, como buena hija de peluquera, aparte de ser el conejillo de indias de mi buena madre quien experimentaba con mi pelo lacio y moldeable todo lo que quería y más, a mí me ha gustado cambiar de imagen a menudo desde que era una adolescente. Pero no siempre fue así.

De niña era un cuadro digno de ver. Me molestaba tanto el cabello que siempre me colocaba mil cosas en la cabeza a la vez; diademas de tela anchas que me echaran todo el pelo hacia atrás y no colgara filamento alguno de mi frente el cual me impidiera ver o molestara, bastante empanada iba yo ya por la vida como para encima llevar pelos en la cara, cuatro o cinco clips a ambos lados para que la diadema no se me fuera a tomar por saco y, si me daba por ahí, añadía una coleta… O dos, a falta de una… Casi nada. También me hacía tres trenzas o tres coletas acompañadas de ocho mil clips, por supuesto. Pelos fuera de la cara, así era yo. Hubo un tiempo, incluso, que lo llevé tan corto como mi hermano. ¡Qué felicidad, por favor!

Tengo un especial recuerdo de cuando Julia Otero puso de moda el peinado «a lo Palmera», como lo llamaba yo, por allá en los años ochenta… ¡Joder con el penadito, leche! A mi madre le dio por probar en mi magnífica cabeza aquel corte que a mí me parecía un horror, pero estaba de súper mega moda. Evidentemente, mi pelo era perfecto para aquel corte, pero a los diez años las niñas de mi clase iban con coletas o el pelo suelto, no al más puro estilo Bon Jovi y yo, ni muerta ni sencilla, con mi Palmera en el tarro, no me sentía nada a gusto, todo sea dicho, no porque cantara como un calamar en medio de un banco de sardinas, sino porque justamente aquel estilo no me gustaba, coño. ¡Menudo trauma! Antes hubiera preferido un corte muy corto que aquel experimento. Los pelos de punta a lo puerco espín se convirtieron en mi peor pesadilla. ¡Lo juro!

¿Qué quiero decir con esto? Que cada uno debe sentirse a gusto y cómodo con su estilo y su imagen. Aquel corte me marcó la vida, sí. Jamás me he hecho nada que me deje los pelos de punta, tengo un remolino en el cogote y siempre le digo a la peluquera: «cuidadín, cuidadín, que si me queda pelo pincho me lo rapo».

Yo soy atrevida, sí, quizá será por todo lo que me he llegado a hacer a lo largo de mi vida. Siempre me gustó el pelo corto y los colores extremados. Me chiflan las nucas descubiertas y adoro la imagen de una mujer rapada o con el pelo muy corto. No a todas les queda bien. Es cierto. Tengo muchas amigas que siempre me dicen que ellas ni locas, y aquí volvemos al estilo, al atrevimiento y al apego. Cada uno tiene derecho a lucir como quiera y le plazca.

Soy rubia. Bueno, ahora, ejem, mi pelo ya es rubio ceniza y en él habitan algunas canas maravillosas, que ya soy una cuarentañera. A lo largo de mi recorrido, me he teñido de caoba, rubio platino, naranja, negro, violín, he llevado mechas rubias bajo un tono claro, y yo qué sé cuántos colores y cortes de distintos tipos me he llegado a poner y a hacer. En los noventa hasta me hice la permanente; unos rizos que parecían caracoles decendían por mi espalda, era una melena larga rizada y rubia, bonita, pero me deshice de aquellas ondulaciones al cabo de un mes. No me gustaba el pelo rizado en mi rostro. Así que fuera. También lo he llevado en media melena, rollo paje, con el flequillo recto, tan de moda en los noventa. Me he hecho cortes escalados, cortos de arriba y largos de abajo, con patillas, asimétricos, y, por supuesto lo he llevado corto o rapado, como más me gusta y más cómoda me siento.

Me llaman «El Camaleón».

No tengo apego alguno a mi pelo, me crece rápido, es fácil de manejar, no necesito secados ni potingues y largo es verdaderamente precioso. ¡Oh! Mi antigua melena lacia, fuera del color que fuera, enamoraba a todo Cristo. Joder, y yo… Sin pelo soy feliz, oye.

A los dieciséis años decidí cortarme el melenón rubio. Oh, my God! Parecía que iba a cometer un enorme sacrilegio, coño, la peluquería entera se levantó en masa para decirme: «¡Pero chiquilla! ¿Estás loca? ¡Con ese pelo que tienes!». Y les dije: «¡Señoras, es mi pelo, leche! Y quiero cambiar de imagen, ¿tengo derecho, no? Además, el pelo crece y crece, como la hiedra, ¡tranquilas!». Me llevé una trenza de mi melena como recuerdo, todavía la guardo. Jamás en mi vida he vuelto a llevar el pelo largo. No lo consigo… Bueno, tampoco quiero. Lo máximo que han alcanzado a crecer mis cabellos desde entonces es hasta la nuca, me canso. Me molesta y, además, me gusta corto

Mi cabello ha ido marcando mi imagen, por supuesto, y mis estados de ánimo, como supongo que les pasa a muchas personas.

Ayer me tocaba cambio. No podía hacerme una gran transformación porque ya lo llevaba corto, sólo teñir mis preciosas canas y cortar lo más que me pidieran el cuerpo y el alma. Menuda mata de pelo me quité de encima, aunque me digáis que no lo llevaba tan largo, para mí aquello era un pelucón, necesitaba renovarme y eso hice. Pelar, pelar y pelar. Bueno… me pelaron, maticemos. Mi querida peluquera, Mavi, quien me tiene el truco pillado, remarco. Es muy importante dar con un buen peluquero que sepa sacarle el mejor partido a tu pelo, tu imagen, tu estilo y tu gusto.

Mi imagen con el pelo corto y oscuro es muy distinta a la que ofrece mi rostro con un tono claro y algo más de cabello en la cabeza, los que me conocéis lo sabeís. Me gusto más oscura y con poco pelo, por ser más mi estilo y por comodidad. Puede que sí, que este peinado desprenda una imagen más agresiva de mí, no me importa.

No soy una mala puta aunque lo parezca con esta imagen, un día mi amiga Laia me dijo que cuando me conoció le daba miedo, pobre de mí, con lo buena que soy yo… Por favor…

Soy una una mujer que va acorde con su estilo, con genio, no lo voy a negar, y un poco deslenguada, eso sí, ¿qué le vamos a hacer? ¡Viva el deslenguamiento!

Y, por supuesto, viva el estilo propio, sea cual sea.

Sé tú misma/o.

Hungry Music

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