Versos, confesiones y relatos

La primera O gigante llegó a mi vida mucho más pronto de lo que jamás hubiera esperado. Se tiró, literalmente, desde lo alto de un avión y experimentó conmigo, ya siendo sólo una semilla, lo que es lanzarse al vacío (con paracaídas). Aquella fue nuestra primera aventura juntas. Confieso que, aunque lo intuía, no tenía ni idea de que la llevaba dentro. Y al cabo de dos días, me arrojé de lleno en la experiencia de la maternidad, esta vez, sin paracaídas.

La primera O enorme de mi vida se instaló en su hogar de origen, entonces todavía era minúscula, y se acurrucó bien para enraizarse dentro de mí. Se colocó en la posición perfecta para alimentarse y me avisaba cada día, con unas arcadas tremendas, de que nunca jamás en mi vida volvería a ser sólo yo.

Mi diminuta y, a la vez, inmensa O se fue transformando poco a poco en algo más grande, y yo notaba cómo aumentaba y se resituaba para estar más cómoda. Me molestaba tanto como me alucinaba sentir su crecimiento en mis entrañas.

Mis momentos con la primera y colosal O de mi vida y su creación fueron íntimos, nuestros, algo nuevo, intenso, bonito y, al mismo tiempo, muy pesado. Le ponía música, le cantaba y le hablaba, éramos ella y yo. Mi O y yo.

Cuando yo ya no podía más, O, mi O masculina, decidió que ya era hora de conocernos, antes de lo que tocaba, dándome un buen susto sólo empezar.

Me arrancaron a O del interior, de urgencia, marcando mi vientre de por vida. Bonita marca de una gran experiencia vivida, pensé.

A pesar de las prisas, la vuelta de cordón en el cuello y su minúsculo tamaño, por fortuna, la primera O llegó a este mundo sana, salva y muy hambrienta. Era enana, tan pequeña que asustaba. Mis brazos la acogieron para darle el calor que desprende el cobijo del hogar y O se sintió reconfortada. Menuda sensación. Sólo quien la conoce la comprende.

Conocer a la diminuta gran O, que llegó a mi vida con un susto del copón, fue una experiencia preciosa e inolvidable. Supe en cuestión de segundos que aquella criatura pequeña e indefensa iba a ser el amor de mi vida y para toda mi vida, sin opción alguna al desenamoramiento. Aquello era para siempre. Era O, mi O. No me pertenecía, eso debía tenerlo claro desde aquel preciso instante, pero era mi responsabilidad, era mi nueva vida.

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Miedo… El miedo te invade. Pero te enfrentas a él. Con un par de ovarios aprendes a convivir con ese temor constante. No hay más.

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Unos dos años y medio después, cuando disfrutábamos de la evolución de nuestra primera O, así, por arte de magia, y de un placentero sexo alocado y sin pensar (no vayamos a ser tan fantasiosos, ni milagrosos), se enraizó en mí nuestra segunda e inmensa O. No tocaba. No era nuestro momento. Muy poco le faltó para ser desenraizada, casi le cortamos sus celulares y débiles ramitas, pero nos echamos atrás. Era otra O. Nuestra O femenina. Lo teníamos tan claro como que existía la primera O. Y nos lanzamos al precipicio, tras ser incapaces de deshacernos de ella, no porque nos parezca una atrocidad, sino porque sabíamos a ciencia cierta que era la O femenina de nuestra vida, y deseábamos conocerla. No nos equivocamos.

 

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El crecimiento de la segunda O dentro de mí no lo viví igual que el de la primera. Encargarme, a la vez, de la O mayor, quien, a pesar de estar emocionadísima y ponérmelo muy fácil, todavía era demasiado pequeña, más todo lo que acompañaba el día a día y el trabajo hasta el mismo momento de que la O menor llegara al mundo, lo convirtió en otro tipo de vivencia.

Se me da mal lo de los enraizamientos en mi interior. Lo vivo como algo extraordinario, natural, hermoso y muy mío, pero se me hace verdaderamente pesado. En cuanto empieza ya deseo que termine. No por eso soy menos buena creadora, sólo lo llevo mal. No sirvo. Cada uno es como es.

Aún así, amé a mi segunda O desde el mismo instante en el que supe que existía, por eso no quise deshacerme de ella. La cuidé, como pude y supe, para que evolucionara fuerte, sana y sintiéndose querida, ya mientras se formaba, por muy mal que yo estuviera.

El camino de la segunda O hasta llegar a ser fue más duro que el de la primera. Yo, su creadora, lo viví con nervios, estrés y demasiadas preocupaciones. A veces, creía que iba a salir de mí un ser histérico.

Se programó su salida con antelación y llegó todavía antes y más enana que su masculina O hermana. En mi vientre se abrió de nuevo la misma cicatriz, la cual aumentó unos milímetros de tamaño. Bonita, pensé de nuevo.

Encerrada y alejada de mí, con el calor que mi cuerpo ni mi alma podían proporcionarle, tuvo que vivir la segunda O sus primeras setenta y dos horas. Era minúscula y preciosa, una verdadera creación de la naturaleza, pero estaba demasiado fría, necesitaba aumentar su temperatura. La sensación que experimenté fue vacío. No me gustó nada que mi pequeña O saliera de mí y me la robaran de los brazos. No… No me gustó nada de nada, pero tuve que aguantarme.

Del mismo modo que al conocer a la primera O, esta vez también supe enseguida que mi tan diminuta como grandiosa segunda O iba a ser el otro amor de mi vida.

 

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Y entonces sentí algo muy extraño. A pocas personas les contado aquella sensación. Duró un breve espacio de tiempo pero existió. Un extraño sentimiento de culpa se apoderó de mí. Las ganas de llorar me ahogaban el corazón. Sentí que traicionaba a mi O mayor por querer a otro ser de la misma manera. Sentí que amar a otra O al mismo nivel era una traición, que entregarme a ese sentimiento, dar tanto amor incondicional a otra O tan gigante como la primera, era romper algo muy grande que compartía con mi O mayor.

Con qué cosas nos apuñala, a veces, nuestra mente inquieta y nuestro corazón sensible…

Mis dos Oes han crecido ya un poco, diez años han pasado desde que conocí a la primera. El tiempo es veloz y hay que aprovecharlo, porque cada instante con tus creaciones es único.

Aquella sensación extraña desapareció, para dar paso a la que nos regala nuestra condición de ser humano; el amor incondicional hacia la vida que has creado, siendo consciente de que es persona, individuo independiente, un ser que te necesita pero que debe aprender a caminar solo, de tu mano pero a su manera, para terminar volando por su cuenta, autónomo, con su criterio propio, su personalidad y su identidad. El miedo no se marcha nunca y tu tiempo no vuelve a ser sólo tuyo, pero te adaptas a lo que va viniendo en cada etapa, a vivir enseñándoles lo que sabes, a educarles sin manual de instrucciones, mostrándoles que son únicos, como cada ser que habita este mundo. Asumes que te vas a equivocar un montón de veces y te cagas en todo en muchos momentos, pero a pesar de todos los inconvenientes, en mi balanza siempre pesan más las satisfacciones. Y aunque nunca se lo dices, sabes que, en realidad, ellos son tus maestros.

J y A creamos a O, y luego a otra O, y juntos somos J+A+O+O, conociéndonos, explorando el mundo y aprendiendo unos de otros.

 

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Con música de creación… Con música de la que nos hizo crear a nuestros dos enanos…

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